“Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira.”
—2 Tesalonicenses 2:11
INTRODUCCIÓN
18 de diciembre de 1975. 6 de octubre de 1984. 20 de diciembre de 1996. ¿Qué tienen estas fechas—representativas de tres décadas consecutivas—en común? La respuesta es que cada una representa un día de esa década particular en que un ilustre científico evolucionista murió. En la década de los 70s, era un jueves, el 18 de diciembre de 1975, cuando Theodosius Dobzhansky, el genetista de categoría mundial de la Universidad de Rockefeller, falleció. En la década de los 80s, era un sábado, el 6 de octubre de 1984, cuando George Gaylord Simpson, el paleontólogo que prestó servicio como un profesor en la Universidad de Harvard y Arizona, falleció. En la década de los 90s, era un viernes, el 20 de diciembre de 1996, cuando Carl Sagan, el aclamado astrónomo y autor de la Universidad de Cornell quien ganó el Premio Pulitzer, partió de esta vida.
Cada uno de estos evolucionistas fue un individuo multi-talentoso y altamente inteligente quien era bien conocido y muy respetado por aquellos que estaban dentro de, y fuera de la comunidad científica. Por causa de sus reputaciones, y por causa de los logros de toda la vida que en algunos casos han hecho sus nombres palabras comunes, sus fallecimientos no pasaron desapercibidos por aquellos que estaban involucrados en cualquier lado de la controversia creación/evolución. Por ende, sus colegas evolucionistas que fueron dejados por ellos escribieron homenajes elogiosos reconociendo la dedicación infatigable que sus fallecidos compañeros había exhibido en nombre de una causa común. Esos mismos colegas enfatizaron repetidamente la erudición profunda que estos hombres habían demostrado a través de los años mientras que promovían y defendían la evolución; simultáneamente, ellos expresaron su grave pesar de que el concepto del pensamiento evolutivo ahora había perdido tales campeones remarcables y poderosos.
Los creacionistas, por otro lado, tuvieron una reacción un poco diferente. Aunque por cierto ellos compartían el dolor de perder una vida humana valiosa, y aunque ellos lamentaban mucho las varias circunstancias que rodeaban la muerte de cada uno de estos hombres, otros sentimientos no pudieron evitar también emerger. Por ejemplo, es extremadamente difícil para aquellos que creen en Dios, y que aceptan la explicación bíblica para la creación como la explicación correcta para el origen del Universo y sus habitantes, comprender totalmente cómo una persona inteligente puede aceptar el concepto naturalista de la evolución orgánica. De hecho, uno de los misterios más adormecedores para aquellos que no creen en la evolución es el tratar de entender la racionalización de aquellos que sí la creen. En cada década, siempre que un evolucionista del mismo nivel de un Dobzhansky, un Simpson, o un Sagan muere, una de las primeras preguntas que viene a la mente es esta: ¿Cómo puede ser que alguien que poseyó un talento tan obvio y una brillantez tan innegable, pasaría su vida creyendo, promoviendo y defendiendo un concepto tan falso y sin mérito como la evolución orgánica?
LA LIBERTAD...
La respuesta a tal pregunta puede ser encontrada, por lo menos en parte, en el hecho de que cuando Dios creyó a los seres humanos, Él nos dotó con la libertad de elección. A menudo hacemos referencia a esa libertad como la “volición personal,” o la “agencia moral libre”. La verdad es que Dios no creó a la humanidad como una clase de robot para que le sirva cautivamente sin ninguna elección personal en el asunto. Esto es lógico al considerar Quién es Dios. Las Escrituras describen a Dios como, entre otras cosas, un Dios de amor (1 Juan 4:8). Pero, ¿no es verdad que el amor permite libertad de elección? Pregunte a las personas que son padres responsables. ¿Aman a sus hijos? Por supuesto. ¿Y dan a sus hijos—por causa de ese amor—la libertad de elección? Efectivamente.
Dios, Quien a menudo es representado en las Escrituras como un Padre cariñoso, no es diferente en esta consideración. Incluso un sondeo ligero del texto bíblico documenta el deseo de Dios de que el hombre, como Su creación, posea, y emplee la libertad de elección. Por ejemplo, cuando Josué—quién había dirigido la nación israelita tan fielmente por tanto tiempo—se dio cuenta que sus días estaban contados y sus horas eran pocas, reunió a toda la nación ante él y, en lo que es con seguridad una de las peticiones más apasionadas dentro de las Sagradas Escrituras, instó a la nación israelita a emplear su volición personal en una manera apropiada cuando habló estas palabras:
Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová (Josué 24:15).
El punto de Josué fue claro. Los israelitas, individualmente y colectivamente, tenían la capacidad, y sí, incluso el derecho dado por Dios, para escoger si ellos deseaban seguir a Jehová. Continuando con el texto, éste indica que en esa particular ocasión, ellos escogieron correctamente.
Entonces el pueblo respondió y dijo: “Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses;”... Y sirvió Israel a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que sabían todas las obras que Jehová había hecho por Israel. (Josué 24:16, 3).
En el Nuevo Testamento, el principio es el mismo. Cuando Jesús condenó a los fariseos en Juan 5:39,40, Él hizo esta observación: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”. Los fariseos de los tiempos del Nuevo Testamento poseían la misma libertad de elección que los israelitas de los tiempos del Antiguo Testamento. Aunque los israelitas a quienes Josué habló escogieron hacer caso de su petición de obedecer a Jehová, los fariseos a quienes Cristo habló escogieron ignorar Su petición y desobedecer a Dios.
Mas tarde, cuando Jesús se dirigió a los judíos en el templo, ellos se maravillaron de Su enseñanza (Juan 7:15). Pero Jesús objetó, y dijo: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:16,17). El punto de Jesús para los judíos piadosos del templo no fue diferente al que había hecho anteriormente a los fariseos legalistas. Dios ha infundido a la humanidad con la capacidad para escoger. Si una persona quiere, él puede aceptar a Dios y Sus doctrinas, pero Dios nunca forzará a alguien a aceptarle. Cuando el apóstol Juan concluyó el libro de Apocalipsis, escribió: “El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (22:17). La frase operativa aquí, desde luego, es “el que quiera.”
...PARA CREER...
Pero ¿qué acerca de aquel que no quiere? La libertad está acompañada por la responsabilidad. Con la libertad de elección siempre viene la responsabilidad de creer cuidadosamente, escoger sabiamente, y actuar con energía. La libertad de elección trabaja mejor cuando está temperada por la sabiduría y el buen juicio. Por esta razón, para utilizar solamente un ejemplo, los padres que dan a sus hijos libertad de elección no les dan solamente libertad de elección. Mejor dicho, ellos proveen a sus hijos con las reglas, normas, y directrices que tienen la intención de ayudarles a utilizar esa libertad de elección correctamente. Si los hijos prestan atención a las amonestaciones de sus padres, es probable que la sabiduría y el buen juicio prevalecerán.
En la relación de la humanidad con Dios, es mayormente lo mismo. Además de darnos libertad de elección y volición personal, Él ha provisto ciertas reglas, normas, y directrices que Él sabía que nosotros necesitaríamos para ayudarnos a utilizar nuestra libertad personal sabiamente. Cuando obedecemos las reglas, seguimos las normas y nos adherimos a las directrices, nuestras vidas son enriquecidas. Cuando desobedecemos las reglas, rehusamos seguir las normas, e ignoramos las directrices, ocurre lo opuesto. El escritor de Proverbios comentó acerca de este aspecto de la vida humana cuando observó: “El camino de los transgresores es duro” (13:15). Jeremías escribió: “...ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (10:23). En cada actividad humana, el proceso de reconocer, creer, y utilizar bien la verdad es de vital importancia. Especialmente esta es la verdad en el campo espiritual. Jesús trató de recalcar esto a la gente de Su generación cuando dijo: “...y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Si el saber la verdad nos hace libres, entonces seguramente, el no saber la verdad nos hace cautivos de una manera u otra. Cuando rechazamos creer la verdad, llegamos a ser susceptibles a todo plan mal-concebido, toda conspiración engañosa y concepto falso que los vientos de cambio pueden traer hacia nuestro camino. Llegamos a ser cautivos del error ya que hemos abandonado el único compás moral—la verdad—la cual posee la capacidad de mostrarnos el camino, y así liberarnos. Muchas veces fallamos en darnos cuenta que no estamos buscando la verdad porque ésta esté perdida; nosotros buscamos la verdad porque, ¡sin ésta nosotros estaríamos perdidos!
...UNA MENTIRA...
No obstante, algunos han elegido ignorar y/o desobedecer a la verdad. Ellos son los descendientes espirituales de los fariseos del primer siglo; ellos pueden llegar al conocimiento de la verdad, pero no lo hacen. Pablo dijo: “Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Romanos 1:22). ¿Por qué utilizaría el apóstol esas palabras que parecen tan severas como para describir a algunas personas de su generación? Su razón, según el texto que continúa, era porque “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador...” (1:25).
¿No es esta una descripción acertada de los evolucionistas de nuestros días? ¿No han “cambiado la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador”? Cuando Pablo escribió su primera epístola a Timoteo, él advirtió: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia” (1 Timoteo 6:20). A los colosenses, el apóstol escribió: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo...” (Colosenses 2:8).
Lo cierto es que nosotros somos responsables por lo que creemos. Utilizando la volición personal que Dios nos ha dado, nosotros podemos escoger creer la verdad, o podemos creer un error. La elección es un asunto de cada individuo. Y una vez que un individuo ha decidido que él prefiere el error más que la verdad, Dios no se lo impide, como Pablo clarificó cuando escribió su segunda epístola a los Tesalonicenses. En esa carta, él habló de aquellos que “no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2:10), y después, Pablo continuó y dijo que “por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira” (2 Tesalonicenses 2:11). ¡Qué pensamiento tan terrible—pasar una vida completa con la libertad absoluta de creer una mentira!
¿Cuáles son las consecuencias potenciales del creer realmente una mentira? En 1 Reyes 13, se cuenta la historia de un varón de Dios, sin nombre, quien Dios envió a reprender al rey Jeroboam por establecer la adoración a los ídolos en Betel. Dios ordenó al profeta: “No comas pan, ni bebas agua, ni regreses por el camino que fueras” (1 Reyes 13:9). Pero un profeta viejo y mentiroso se encontró con el varón de Dios y le dijo: “Yo también soy profeta como tú, y un ángel me ha hablado por palabra de Jehová, diciendo Tráele contigo a tu casa, para que coma pan y beba agua” (1 Reyes 13:18). El varón de Dios aceptó como valor nominal la instrucción del viejo profeta—aunque era falsa—y en su viaje a casa fue muerto por un león enviado por Dios como castigo por su desobediencia (1 Reyes 13:24). El varón de Dios había creído una mentira—siendo el resultado final que él provocó la ira de Dios y sufrió la pérdida de su vida (física). Es una lastima que muchos en nuestro tiempo y era escojan igualmente creer una mentira—siendo el resultado final que ellos provocan la ira de Dios y sufren la pérdida de su vida (espiritual).
El 3 de septiembre de 1893, el fallecido predicador de la Restauración, J.W. McGarvey, presentó un sermón poderoso titulado “Believing a Lie” (“Creyendo una Mentira”), texto que ha sido preservado impreso. En esa lección, McGarvey comentó:
Ahora, note que no es un hombre malo, sino un hombre valiente y bueno, quien es así vencido. Incluso tal hombre no está libre del peligro en este punto. Varios hombres muy valientes y fieles en muchos puntos, han sido guiados a su propia perdición por la creencia de una mentira... El destino del varón de Dios resuena como un toque de trompeta para ahuyentarnos de nuestra seguridad imaginaria, y hacernos mirar alrededor, para ver si nosotros también estamos en tal peligro (1958, p. 331,333).
Es probable que el varón de Dios tuviera toda la intención de hacer lo bueno en lo que hizo, y sin duda continuó convencido de que estaba comprometido en creer y actuar sobre la verdad. Pero nada de esto le salvó ya que—a pesar de cuán valiente o bueno era, y a pesar de cuán fielmente pensaba que estaba involucrado en creer la verdad—desobedeció la verdad y creyó una mentira. Como McGarvey continuó diciendo:
La mentira que él creyó le guió a desobedecer a Dios. Su desobediencia fue la causa inmediata, mientras que su creencia de una mentira fue solamente la causa remota de su muerte... Puede ver ahora muy claramente que este incidente ocurrió para un ejemplo, como Pablo dijo de varios otros incidentes del Antiguo Testamento, y que fue escrito para nuestra admonición. Fue escrito para advertirnos en contra de la creencia de una mentira. En vista de la lección solemne ahora frente a nosotros, enseñado tanto en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, llega a ser una pregunta de importancia trascendental, ¿Cómo podemos estar seguros que no estamos creyendo mentiras?
Pero ¿qué, exactamente, sugería Pablo cuando afirmó que “Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira”? ¿Estaba enseñando que Dios causa que los hombres crean un error? No. El punto de Pablo fue que ya que Dios ha dado al hombre volición personal, y ya que Él ha provisto en la Biblia las reglas, normas y directrices para gobernar esa volición personal, Él, por lo tanto, Se abstendrá de anular la libertad de elección del hombre—incluso cuando esa elección viole Su ley. Con respeto a la gente que rechazó tener a Dios en su conocimiento, y quienes, en realidad, prefirieron creer una mentira en vez de creer la verdad, Pablo dijo repetidamente que “Dios los entregó...” (Romanos 1:24,26,28). En su comentario de las epístolas a los tesalonicenses, Raymond Kelcy escribió:
Existe un tiempo en la progresión del pecado cuando Dios entrega a un hombre a lo que el prefiere. El hombre prefiere la mentira... Dios entrega al hombre a la creencia de la mentira a la cual él prefiere. En un sentido, podría ser dicho que el medio por el cual una persona está engañada es la agencia permisiva de Dios—no la agencia directa de Dios (1968, p. 157).
Existe un paralelismo exacto en el ejemplo de faraón quien disputó con Moisés y Aarón acerca de la liberación de los hebreos de la esclavitud de Egipto. Varias veces, el texto bíblico anota que Dios “endureció el corazón de Faraón” (Éxodo 7:3; 9:12; 10:1,20,27; 11:10; 14:8). ¿Debemos entender, entonces, que de alguna manera Dios causó la desobediencia terca de Faraón? Por supuesto que no. Dios no causó que Faraón endureciera su corazón, sino permitió las acciones del rey pagano. Las Escrituras hablan de este asunto cuando reconocen que Faraón mismo “endureció su corazón” (Éxodo 8:15,32; 9:34,35). El corazón endurecido de Faraón no fue obra de Dios, sino la de Faraón mismo. La agencia permisiva de Dios estaba implicada, pero no Su agencia directa.
CONCLUSIÓN
El mundo generalmente mira a la gente del nivel de Dobzhansky, Simpson, o Sagan con sobrecogimiento. Sus logros cultos son muchos, sus credenciales académicas son admirables, y sus reputaciones de categoría mundial son indiscutibles. Ellos han pasado sus vidas construyendo legados que permanecen mucho después que ellos han partido de estas escenas mundiales.
Pero cuando ellos mueren, esto causa que algunos entre nosotros reflexionen en el asunto de por qué gente de su inteligencia creía como ellos lo hacían. Esto nos lleva a preguntarnos cómo alguien tan aparentemente brillante podría llegar a las conclusiones que ellos llegaron. Y nos lleva a meditar en el hecho de que es posible pasar una vida buscando supuestamente la verdad, y permanecer todo el tiempo firmemente afianzado al error.
Poco antes de su fallecimiento, Carl Sagan concedió una entrevista a la revista Parade (10 de marzo de 1996, “In the Valley of the Shadow”—“En el Valle de la Sombra”). Incluido en esa entrevista estaba esta afirmación del Dr. Sagan:
Me encantaría creer que cuando muera viviré otra vez, que alguna parte de mí, pensante, sensible y recordadora, continuará. Pero por mucho que quiero creer esto, y a pesar de las tradiciones culturales antiguas y mundiales las cuales afirman una vida después de la muerte, no conozco nada que sugiera que esto es más que una ilusión (1996, p. 18).
Que triste. Aquí estaba un hombre que sabía—tan bien como cualquier persona en el planeta—cómo hacer una investigación exhaustiva. Sin embargo, por alguna razón, él nunca se tomó la molestia de investigar la evidencia histórica (como la de la resurrección de Cristo) que documenta lo mismo que él admitió que le “encantaría creer”—la vida después de la muerte.
Es verdaderamente desgarrador el ver la muerte de hombres como Dobzhansky, Simpson, y Sagan quienes, por los estándares mundiales, son el epitome de brillantez y realización. Pero como el gran apóstol advirtió:
¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?... Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles (1 Corintios 1:20,25,26).
Luego, en su primera epístola a los Tesalonicenses, Pablo escribió de aquellos “que no tienen esperanza” (4:13). ¡Ninguna esperanza! Qué pensamiento escalofriante—ser dotado con la libertad de creer, solamente para pasar una vida creyendo una mentira y terminar del todo sin esperanza.
REFERENCIAS
Kelcy, Raymond C. (1968), The Living Word Commentary: The Letters of Paul to the Thessalonians (Austin, TX: Sweet).
McGarvey, J.W. (1958 reprint), Sermons (Nashville, TN: Gospel Advocate).
Sagan, Carl (1996), “In the Valley of the Shadow,” Parade, pp. 18-21, March 10.
Derechos de autor © 2005 Apologetics Press, Inc. Todos los derechos están reservados.
Estamos complacidos de conceder permiso para que los artículos en la sección de "Temas Prácticos" sean reproducidos en su totalidad, siempre y cuando las siguientes estipulaciones sean observadas: (1) Apologetics Press debe ser designada como la editorial original; (2) la página Web URL específica de Apologetics Press debe ser anotada; (3) el nombre del autor debe permanecer adjunto a los materiales; (4) cualquier referencia, notas al pie de página, o notas finales que acompañan al artículo deben ser incluidas a cualquier reproducción escrita del artículo; (5) las alteraciones de cualquier clase están estrictamente prohibidas (e.g., las fotografías, tablas, gráficos, citas, etc. deben ser reproducidos exactamente como aparecen en el original); (6) la adaptación del material escrito (e.g., publicar un artículo en varias partes) está permitida, siempre y cuando lo completo del material sea hecho disponible, sin editar, en una extensión de tiempo razonable; (7) los artículos, en totalidad o en parte, no deben ser ofrecidos en venta o incluidos en artículos para venta; y (8) los artículos no deben ser reproducidos en forma electrónica para exponerlos en páginas Web (aunque los enlaces a los artículos en la página Web de Apologetics Press están permitidos).
Para catálogos, muestras, o información adicional, contacte:
Apologetics Press
230 Landmark Drive
Montgomery, Alabama 36117
U.S.A.
Phone (334) 272-8558
http://www.apologeticspress.org