English Version

Contenido

Ciencia y la Biblia

Creación vs. Evolución

Dardos Bíblicos

Temas Doctrinales

Temas Prácticos


Recursos

Cursos Autodidácticos


Información acerca de:

Condiciones de Uso

Contactos

Derechos de Autor

Nosotros

Política de Privacidad




 

Apologetics Press :: Temas Prácticos

La Misericordia y Gracia de Dios
por Bert Thompson, Ph.D.

Versión Imprimible | Enviar este artículo

INTRODUCCIÓN

La misericordia y gracia de Dios están en el corazón de uno de los relatos más hermosos, aunque más angustiosos de toda la Biblia—el relato de la negación de Pedro de Su Señor, y la reacción de Jesús hacía esa negación. Cristo había predicho que antes de Su crucifixión, Pedro le negaría tres veces (Juan 13:36-38). Pedro hizo exactamente eso (Juan 18:25-27). Primero, la criada portera del sumo sacerdote le preguntó si era un discípulo de Jesús. Pedro negó que lo fuera. Segundo, le preguntaron los siervos del sumo sacerdote si él era efectivamente discípulo del Señor. Tercero, le preguntaron si estuvo con el Señor cuando fue arrestado en Getsemaní. Por última vez, Pedro vehementemente negó al Señor. El gallo cantó, y el Señor miro a través del patio. Cuando se miraron a los ojos, el texto solamente dice que Pedro “saliendo fuera, lloró amargamente” (Lucas 22:61,62).

Cuando próximamente vemos a Pedro, él se había dado por vencido. De hecho, él dijo “voy a pescar” (Juan 21:3). La vida de Pedro como seguidor de Cristo se había acabado, hasta dónde a él le concernía. Él decidió regresar a su vida de pesca. Sin duda Pedro sentía que su pecado en contra del Señor era tan grave que aunque él ahora creía que el Señor se había levantado, no había uso adicional para él en el reino. Entonces, era a su vocación original a la cual él regresaría. Es un halago a la habilidad de liderazgo de Pedro el hecho de que los otros discípulos le siguieron en esta ocasión. Cuando Pedro y sus amigos pescaban una mañana, el Señor se apareció a la orilla y les llamó. Cuando acercaron el bote, ellos vieron que Cristo había preparado pescado y pan sobre el fuego para comer. Ellos se sentaron, comieron y hablaron. Mientras que así lo hacían, el Señor preguntó a Pedro, “Simón, ¿me amas más que éstos?” (Juan 21:15). Pedro asentía a Cristo que él le amaba. Pero Cristo parecía insatisfecho con la respuesta de Pedro. Él inquirió una segunda vez, y una tercera. Después de la última pregunta, el texto indica que Pedro se “entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿me amas?” (Juan 21:17).

La inquietud de Pedro estaba diciendo, en esencia, “¿Qué estás tratando de decirme, Señor?”. Jesús estaba preguntando, “Pedro, ¿puedes comprender—que a pesar de tu corazón impugnante—te he perdonado? ¿Entiendes que la misericordia y gracia de Dios te han sido extendidas? Todavía hay trabajo que hacer para ti. Ve, usa tus talentos inmensos para el avance del reino”. Jesús amaba a Pedro. Y Él le quería devuelta. Jesús simplemente estaba poniendo en acción lo que Él había enseñado personalmente. Perdonar—sí, ¡incluso 70 veces 7! Tal vez durante estos eventos, una de las parábolas de Cristo vino a la mente de Pedro. Sin duda Él estaba familiarizado con la enseñanza del Señor en Lucas 7:36-50 (vea el relato similar encontrado en Mateo 18:23-35). Jesús estaba comiendo con Simón, quien era un fariseo. Simón vio a una mujer mundana entrar a la presencia del Señor, y pensó: “Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora” (Lucas 7:39). Desde luego, el punto que Simón estaba haciendo era que Cristo debería haber alejado a la mujer pecadora. Pero Jesús, conociendo el corazón de Simón, presentó una parábola para su consideración.

Dos siervos debían a su señor; uno debía una cantidad enorme, y el otro solamente una cantidad pequeña. No obstante, el amo perdonó las deudas de ambos. Jesús preguntó a Simón: “¿Cuál de ellos le amará más?” (Lucas 7:42). Simón respondió (correctamente): “Pienso que aquel a quién perdonó más” (Lucas 7:43). Jesús, a través de su parábola, estaba diciendo a Simón: “Vine aquí hoy, y tú no me extendiste incluso la cortesía común de lavar mis pies. Esta mujer entró, lloró, lavó mis pies con sus lágrimas, y los secó con sus cabellos. Yo la he perdonado. Por tanto, ella me debería amar más”. Esta mujer había sido la receptora de la misericordia y gracia de Dios. Ella agradecidamente expresó devoción por el perdón ofrecido por el Hijo de Dios. Simón era demasiado religioso para rogar, y demasiado orgulloso para aceptarlo si se le ofrecía. Es un hecho triste que el hombre tratará el perdón a la ligera mientras que trata el pecado a la ligera. La mujer mundana y caída, desesperadamente deseaba la misericordia y gracia salvadora de Dios, y la aceptó cuando ésta fue extendida. El punto de Cristo para Simón fue que el hombre puede valorar a lo que ha sido elevado (la gracia salvadora de Dios) solamente cuando reconoce de qué ha sido salvado (su propio estado pecaminoso).

En este contexto, el punto de Cristo para Pedro llega a ser claro. “Pedro, tú me negaste, no solamente una vez, sino tres veces. ¿Te he perdonado? Sí, te he perdonado”. Pedro también había sido el receptor de la misericordia y gracia de Dios. Él tenía mucho de que ser perdonado. No obstante, ¡él había sido perdonado! El problema que se relaciona a la misericordia y gracia no se encuentra en el cielo; mejor dicho, se encuentra aquí en la Tierra. El primer problema del hombre a menudo es aceptar la misericordia y gracia de Dios. Su segundo problema a menudo es perdonarse a sí mismo. Nosotros no permanecemos en necesidad de un acusador; la ley de Dios hace eso admirablemente, como el séptimo capítulo de Romanos demuestra. Lo que nosotros necesitamos es un Defensor (1 Juan 2:1,2)—alguien para tomar nuestro lugar, y abogar nuestro caso. Nosotros—colmados con nuestra carga de pecado—no tenemos derecho de presentarnos delante del trono majestuoso de Dios, incluso con la intención de rogar por misericordia. Pero Jesús el Justo tiene ese derecho. Él clarificó a Sus discípulos, e igualmente a nosotros, que Él está dispuesto a ser precisamente ese Defensor a favor nuestro. El escritor del libro de Hebreos redactó estas palabras.

Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (4:14,15).

La historia completa de la Biblia se centra en la necesidad del hombre de misericordia y gracia. Esa historia comenzó en Génesis 3, y ha sido desarrollada desde entonces. Afortunadamente, “el Señor es muy misericordioso y compasivo” (Santiago 5:11). Incluso cuando Caín—un hombre que había asesinado a su propio hermano—rogó por misericordia, Dios oyó su súplica lastimera, y colocó una marca especial sobre él para su protección. Dios nunca ha querido castigar a nadie. Sus palabras en realidad fueron registradas por el profeta Ezequiel: “¿Quiero yo la muerte del impío? Dice Jehová el Señor. ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?... Porque no quiero la muerte del que muere” (18:23,32). Similarmente, en los tiempos de Oseas, el pecado era incontrolable. La vida fue escasa. La adoración a Dios había sido contaminada. Los efectos del dominio de Satanás fueron sentidos en todo lugar sobre la Tierra. El Señor, dijo Oseas, “contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra” (4:1). No obstante, la evidencia de la misericordia y gracia de Dios es vista en las palabras dichas por Oseas de parte de Dios:

¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel?... Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín; porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti; y no entraré en la ciudad (11:8,9)

El sabio monarca, Salomón, dijo que aquellos que practican la misericordia y la verdad hallarán “gracia y buena opinión ante los ojos de Dios y de los hombres” (Proverbios 3:4). Muchos son aquellos en la Biblia que desesperadamente miraron la misericordia y gracia de Dios. Caín necesitaba misericordia y gracia. Israel necesitaba misericordia y gracia. Pedro necesitaba misericordia y gracia. Y a todos ellos se les fue dada, como Dios consideró apropiado. Sin embargo, nosotros debemos llegar a entender varios factores importantes acerca de la misericordia y gracia de Dios.

DIOS ES SOBERANO EN SU DELEGACIÓN DE MISERICORDIA Y GRACIA

Primero, debemos darnos cuenta que Dios es soberano en otorgar tanto Su misericordia y Su gracia. Cuando hablamos de la naturaleza soberana de Dios, es un reconocimiento de nuestra parte que lo que sea que Él desea es correcto. Él mismo determina el curso apropiado de acción; Él actúa y habla al antojo de ninguna fuerza externa, incluyendo a la humanidad. Cuando los seres humanos llegan a ser los receptores de la gracia del Cielo, lo incomprensible ha pasado. El apóstol Pablo escribió: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios... Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 3:23; 6:23). Dios—nuestro Acusador justificable—ha llegado a ser nuestro Vindicador. Él nos ha extendido Su maravilloso amor, como expresado por Su misericordia y Su gracia.

La misericordia ha sido definida como el sentimiento de “compasión por la miseria de otro, y especialmente compasión manifestada en hecho” (Vine, 1940, 3:61). Sin embargo, la misericordia es más que simplemente un sentimiento de compasión. Es compasión conjuntamente con acción. La gracia ha sido siempre definida como el “favor inmerecido de Dios”. Si la gracia es inmeritoria, entonces, nadie puede clamarla como un derecho inalienable. Si la gracia es inmerecida, entonces nadie tiene el derecho a ésta. Si la gracia es un regalo, entonces nadie puede demandarla. La gracia es la antítesis de la justicia. Después que la gracia de Dios ha sido impuesta, solamente la justicia permanece. Ya que la salvación es a través de la gracia (Efesios 2:8,9), el peor de los pecadores no está fuera del alcance de la gracia divina. Ya que la salvación es por gracia, la jactancia está excluida y Dios recibe la gloria.

Cuando la justicia es impuesta, nosotros recibimos lo que merecemos. Cuando la misericordia es extendida, nosotros no recibimos lo que merecemos. Cuando la gracia es otorgada, nosotros recibimos lo que no meremos. Tal vez nadie podría apreciar esto mejor que Pedro. Fue él quien dijo: “Y si el justo con dificultad se salva, ¿En dónde aparecerá el impío y el pecador?” (1 Pedro 4:18). Pablo recordó a los cristianos del primer siglo en Roma que “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:7,8).

No obstante, ya que la misericordia y gracia son regalos no ganados, permanece dentro del derecho soberano de Dios el otorgarlo como Él lo ve apropiado. Una manifestación de esto puede ser vista en las oraciones de dos hombres en circunstancias similares—ambos estaban bajo sentencia de muerte. En Números 20, Dios mandó a Moisés que hablara a una roca en el desierto para que así produjera agua. En vez de obedecer, Moisés golpeó la roca. El Señor dijo: “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado” (Números 20:12). Años después, Dios llamó a Moisés al Monte Nebo y le permitió mirar la tierra prometida, pero no se le permitió a Moisés entrar a Canaán. Moisés rogó a Dios que le permitiera ir (Deuteronomio 3:26), pero su súplica fue negada. El rey Ezequías, igualmente bajo sentencia de muerte, elevó una petición a Dios y se le añadió 15 años a su vida. Moisés escribió: “El Señor no me escuchó”, y murió. Pero a Ezequías le fue dicho: “Yo he oído tu oración” (2 Reyes 20:1-6), y su vida fue prolongada. Esta es una ilustración y ampliación hermosa de Romanos 9:15: “Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”. Dios es soberano en Su misericordia y en Su gracia.

LA GRACIA DE DIOS NO SIGNIFICA UNA AUSENCIA DE CONSECUENCIA DEL PECADO

Segundo, debemos reconocer que la concesión de Dios de la misericordia y gracia no niega las consecuencias del pecado. Como la misericordia puede llegar como resultado, así también pueden llegar las consecuencias del pecado. Uno de los ejemplos más conmovedores de esta verdad es la historia de David. Él tenía alrededor de 50 años. La fama y la fortuna eran de él. Él había hecho sus votos delante de Dios (vea Salmo 101), e insistía en la rectitud en su nación. Se le había enseñado a la gente a amar y honrar a Dios. Su rey también era su ejemplo—un varón conforme al corazón de Dios (1 Samuel 13:14). Sin embargo, él había cometido adulterio con Betsabé (2 Samuel 11-12), y había matado a su esposo, Urías. Uno no puede evitar recordar el pecado de Acán (Josué 7), cuando él tomó el botín de una guerra y lo escondió en su tienda después que los israelitas fueron mandados específicamente a no tomar ninguno de tales artículos. Acán dijo, “Yo vi..., codicié..., tomé..., escondí...” (Josué 7:21). ¿No es lo que David hizo? Pero Acán y David también podrían declarar, “Yo pagué”—Acán con su vida, y David con veinte años de conflicto, angustia, y la perdida de un niño.

El profeta Natán fue enviado por Dios al gran rey. Él contó a David de un hombre rico que tenía muchas ovejas, y de un hombre pobre que tenía solamente una pequeña oveja que era prácticamente parte de la familia. Cuando un visitante se le apareció al hombre rico, él tomó la única oveja de propiedad del hombre pobre y la mató para la comida. David estaba enfurecido y prometió, “Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte” (2 Samuel 12:5). Natán miró al poderoso rey a los ojos y dijo, “Tú eres aquel hombre” (2 Samuel 12:7). La magnitud del pecado de David lo azotó, y él dijo, “He pecado” (2 Samuel 12:13). David, incluso a través de su pecado, amaba la rectitud. Al ser demostrado su pecado, él sintió repulsión que demandaba una limpieza que podía venir solamente de Dios. Su descripción de las consecuencias del pecado sobre el corazón humano es una de las más intensas en toda la Escritura. David exclamó: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia” (Salmos 51:1).

David necesitaba un nuevo corazón; el pecado había mancillado su antiguo corazón. Él igualmente necesitaba experimentar una renovación interior; el orgullo y la lujuria habían destruido su espíritu. Por ende, David oró por un espíritu correcto. David puso sobre el altar su propio corazón pecaminoso y rogó a Dios que limpie, recree y restaure su vida. Dios sí perdonó. Él sí limpió. Él sí recreó. Él sí restauró. Pero las consecuencias del pecado de David permanecieron. El niño creciendo en la matriz de Betsabé murió después del nacimiento. Y, Natán clarificó a David que “no se apartará jamás de tu casa la espada”, y que Dios hará “levantar el mal sobre ti de tu misma casa” (2 Samuel 12:10,11). La vida de David no sería la misma otra vez. Su hijo estaba muerto. Su reputación estaba dañada. Su influencia, en gran parte, estaba destruida. Se da crédito a David que una vez que su pecado fue descubierto, él no lo negó. Salomón, su hijo, después escribió: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

LA MISERICORDIA Y LA GRACIA SON COSTOSAS

Tercero, debemos entender que la misericordia y la gracia no son baratas. Estas costaron al cielo su joya más excelente—el Hijo de Dios. La muerte de Jesús representó Su entrega total hacia nosotros.

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros...habiendo él llevado el pecado de muchos y orado por los transgresores (Isaías 53:4-6,12).

Pablo escribió que Él “que no conoció pecado, por nosotros se hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

La gracia no elimina la responsabilidad humana; en cambio, la gracia enfatiza la responsabilidad humana. La gracia, ya que costó tanto a Dios, pronuncia deberes y obligaciones angustiosas. Es aparentemente una gran paradoja que el cristianismo es gratuito, aunque al mismo tiempo es muy costoso. Jesús advirtió: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). La gracia no hace a uno irresponsable; ¡hace a uno más responsable! Pablo preguntó: “¿Qué pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? De ninguna manera” (Romanos 6:1,2). La gracia de Dios es accedida a través de la obediencia intencionada a la “perfecta ley de la libertad” (Santiago 1:25). Es la ley de Dios que nos informa de la disponibilidad de la gracia, la manera en la cual la hacemos nuestra, y las bendiciones de vivir dentro de la misma. El testimonio de la Escritura es abundantemente claro cuando habla de la importancia de la “obediencia de fe” (Romanos 1:5). Debemos ser obedientes a Dios al regresar a Él de un estado ajeno y pecaminoso, y, una vez redimidos, a través de nuestra fidelidad continua como evidenciada por nuestras obras. La gracia y las obras de obediencia no son mutuamente exclusivas.

Tampoco la gracia y la ley son mutuamente exclusivas. Uno quien está “en Cristo” no vive bajo el dominio del pecado, ya que el cristianismo es un sistema de gracia. El apóstol de los gentiles dijo: “Pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14). Él no puede referirse a que nosotros no estamos bajo ninguna ley en absoluto, ya que en los siguientes versículos él habló de los cristianos como siendo “obedientes de corazón a aquella forma de doctrina” a la cual fuisteis entregados (6:17). Estos cristianos del primer siglo obedecieron a la ley de Dios, y estuvieron viviendo fielmente bajo esa ley. Ellos entendieron que la “fe obraba por amor” (Gálatas 5:6). Los términos “ley”, “obras”, y “gracia” existen en armonía perfecta.

SOMOS SALVOS POR GRACIA

Cuarto, no debemos olvidar que nuestra salvación es por expiación, no por logro. Ya que la salvación es un regalo gratuito (Romanos 6:23), el hombre nunca puede ganarlo. ¡El favor inmerecido no puede ser merecido! Desde el comienzo al final, el plan de redención—incluyendo todo lo que Dios ha hecho, está haciendo, y hará—es un acto continuo de gracia. Las Escrituras hablan de Dios “reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de reconciliación” (2 Corintios 5:19). Pedro escribió:

Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro y plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:18,19).

Dios prometió misericordia y gracia a aquellos que creen en Su Hijo (Juan 3:16), se arrepienten de sus pecados (Lucas 13:3), y tienen aquellos pecados remitidos a través del bautismo (Hechos 2:38; 22:16). Posterior al Día de Pentecostés, Pedro invocó a aquellos en su audiencia: “arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” (Hechos 3:19). La palabra “borrados” se deriva de la palabra griega que significa “limpiar, anular, obliterar”. Una de las declaraciones más grandes del Antiguo Testamento fue, “Y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:34). En la cruz, Jesús pagó nuestra deuda para que así nosotros, como el indigno Barrabás, podamos ser liberados. En esta manera, Dios podía ser justo, y a la misma vez Justificador de aquellos que creen y obedecen a Su Hijo. Por rechazar el extender misericordia a Jesús en la cruz, Dios pudo extender misericordia a mí—si me someto en obediencia a Sus mandamientos.

No existía solución feliz al dilema de justicia/misericordia. No existía manera por la cual Dios pudiera permanecer justo (justicia demanda que la consecuencia del pecado sea pagada), e incluso salvar a su Hijo de la muerte. Dios no podía salvar a los pecadores por decreto—sobre el aspecto de simple autoridad solamente—sin violar Su propio atributo de justicia divina. Pablo trató la respuesta de Dios a este problema en Romanos 3:24-26:

Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús; a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

La salvación del hombre no fue un arreglo arbitrario. Dios no decidió meramente considerar al hombre pecador, y luego salvarle sobre un principio de misericordia. Los pecadores están condenados a causa de que ellos han violado la ley de Dios, y porque la justicia de Dios no puede permitirle ignorar el pecado. El pecado podía ser perdonado solamente como resultado de la muerte vicaria del Hijo de Dios. Ya que los pecadores son redimidos por Su sacrificio, y no por su propia justicia, ellos son santificados por la misericordia y gracia de Dios.

NUESTRA RESPUESTA A LA MISERICORDIA Y GRACIA DE DIOS

(1) Debemos recordar que “bienaventurados son los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7). A menos que nosotros extendamos misericordia, no podemos obtener misericordia. Jesús enseñó: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14,15). Si esperamos perdón, entonces debemos estar preparados para perdonar.

(2) La misericordia y gracia demanda acción de nuestra parte. La misericordia es sentir “compasión de la miseria de otro, y especialmente compasión manifestada en hechos”. Cristo tuvo misericordia de los diez leprosos que clamaron, “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” (Lucas 17:13). Estos hombres enfermos y agonizantes no querían simplemente unas pocas palabras amables; ¡ellos querían ser sanos! Cuando el publicano oró tan penitentemente, “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13), él estaba rogando por más que sentimientos tiernos. Él quería que algo sea hecho por su condición lamentable. La misericordia y gracia son compasión en acción.

(3) Nada debe tomar precedencia sobre nuestro Salvador. Si debemos escoger entre Cristo y un amigo, un cónyuge, o un niño, Cristo va primero. Él no demanda menos (Lucas 4:25-35)—pero Sus demandas son consistentes con Su sufrimiento a favor nuestro. Él insiste en que nosotros tomemos nuestra cruz: Él tomó la Suya. Él insiste en que perdamos nuestra vida para hallarla: Él perdió la Suya. Él insiste en que renunciemos a nuestras familias por Su causa: Él renunció a la Suya por causa nuestra. Él demanda que nosotros abandonemos todo por Él; Él no tuvo donde recostar Su cabeza, y Su única posesión—Su túnica sobre Su espalda—le fue quitada. Los costos algunas veces son altos; pero las bendiciones que recibimos en devolución son invaluables.

En Lucas 15, Jesús habló de un hijo rebelde que había pecado en contra de su padre y derrochado su preciosa herencia. Al regresar a casa, él decidió decir a su padre: “Hazme como uno de tus jornaleros” (15:19). Él estaba preparado para lo peor. Pero él recibió lo mejor. Su padre, “cuando aún estaba lejos,... fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (Lucas 15:20). El hijo no recibió lo que mereció; él recibió lo que no mereció. Él recibió misericordia y gracia. Debemos anhelar el día cuando nosotros podamos presentarnos delante de Su trono y agradecerle por extendernos esa misma misericordia y gracia.

REFERENCIAS

Vine, W.E. (1940), An Expository Dictionary of New Testament Words (Old Tappan, NJ: Revell).



Derechos de autor © 2005 Apologetics Press, Inc. Todos los derechos están reservados.

Estamos complacidos de conceder permiso para que los artículos en la sección de "Temas Prácticos" sean reproducidos en su totalidad, siempre y cuando las siguientes estipulaciones sean observadas: (1) Apologetics Press debe ser designada como la editorial original; (2) la página Web URL específica de Apologetics Press debe ser anotada; (3) el nombre del autor debe permanecer adjunto a los materiales; (4) cualquier referencia, notas al pie de página, o notas finales que acompañan al artículo deben ser incluidas a cualquier reproducción escrita del artículo; (5) las alteraciones de cualquier clase están estrictamente prohibidas (e.g., las fotografías, tablas, gráficos, citas, etc. deben ser reproducidos exactamente como aparecen en el original); (6) la adaptación del material escrito (e.g., publicar un artículo en varias partes) está permitida, siempre y cuando lo completo del material sea hecho disponible, sin editar, en una extensión de tiempo razonable; (7) los artículos, en totalidad o en parte, no deben ser ofrecidos en venta o incluidos en artículos para venta; y (8) los artículos no deben ser reproducidos en forma electrónica para exponerlos en páginas Web (aunque los enlaces a los artículos en la página Web de Apologetics Press están permitidos).

Para catálogos, muestras, o información adicional, contacte:

Apologetics Press
230 Landmark Drive
Montgomery, Alabama 36117
U.S.A.
Phone (334) 272-8558
http://www.apologeticspress.org




Web site engine code is Copyright © 2003 by PHP-Nuke. All Rights Reserved. PHP-Nuke is Free Software released under the GNU/GPL license.
Page Generation: 0.356 Seconds